
Llueve, lleva dos días cayendo la lluvia a desgana, dubitativas gotas q arrastran el gris del cielo; se cuelan en las fachadas, manchando de mágicos reflejos las luces de la ciudad. Las calles se llenan de idiomas distintos, de risas, de voces (intrépidas, susurrantes, accesibles, incomprensibles) coloreando los mil ruidos el inhabitable silencio de la Catedral, rebotando en los toldos de los bares de la calle Piwna, arrastrando a extraños y propios hacia la rivera del río, marina resaca que naufraga en los pequeños cafés en busca de un chocolate caliente y una sonrisa amable. Es la misma lluvia q se pelea contra el cristal de mi ventana (fallido intento de emular las campanadas de mis pequeñas iglesias) y que se cuela por las rendijas del aula en el hospital.
Llueve y yo me reencuentro con el frío, el viento, los charcos, el barro... y esa impúdica sensación de Libertad q nace al explorar poco a poco, sin prisa, sin calma, cada rincón de mi ciudad, placer desmenuzado a sabiendas q cuento con tiempo para disfrutarlo.
Llueve en Gdansk, al auspicio del Dios del Mar.