miércoles, 1 de julio de 2009

Un mes

Aquí estoy. De nuevo en la Península.
Hace ahora cerca de 20 días que me despedí de mi isla particular, de ese espacio mágico de conglomerados léxicos imposibles de repetir (y maravillosos de escuchar), de ese arrullo tranquilo de un gélido mar que hice mío, de esas calles mal asfaltadas, del carril bici que desaparecía de improvisto, de los contornos métalicos de mi pequeño paraíso que se escondían entre una exuberancia verde puesta en duda por mis ojos íberos (¿dónde estaba el calor?).
Una ciudad construída por trocitos de pasado, unas calles diseñadas para embrujar y atrapar al viajero, torres y escaleras de piedra sacadas de cuentos de hadas, la ribera del río que dejaba adivinar el mar...
paredes que discutían a base de graffitis sobre el pasado y el futuro, el movimiento constante pero tranquilo de la gente...
mi bici rota peleándose con coches y peatones, las fachadas castigadas que intentaban recomponerse a la noche, coquetas, envolviéndose de misterio ante la luna.

Todo se ha quedado allí.

Y aquí estoy yo, sin estar muy segura de si existió o el último año me lo pasé soñando... dudando de si mi pelea lingüística en el Banco fue real, de si mis pantalones estarán realmente rotos por la dentada de la bici, si la señora del kiosko sonreirá ante los balbuceos polacos de los extranjeros, de si los polacos mirarán extrañados cuando una chica abra y les mantenga la puerta al pasar, si se quedarán algo sorprendidos por ver a una no autóctona con rastas y pendiente ir sonriendo por la calle, si alguno de mis locos seguirá intentando analizar el por qué de mis interminables gestos y muecas faciales...

No es que lo añore, es que no estoy muy segura de que exista. En general, no estoy muy segura de que nada exista fuera de los contornos por los que me muevo en un momento determinado.
Me equivoqué
de siglo al nacer o mi genética decidió desarrollar algún gen añoso.

Hoy el día ha amanecido cargado de pasado. El cielo se desploma sin llegar a romperse y Senegal se me desdibuja en las retinas (otro mundo que debí perder por los pliegues de mi cerebro). Y mi cuerpo, que está cansado de que le ignore, se ha rebelado con un estupendo bajón de tensión que me ha postrado en el suelo de mi cuarto, escenario que he ido intercambiando entre trago y trago de agua, por duchas frías.
Así que los libros se han quedado hoy un poco relegados.

De todas formas, no podía empezar mi etapa en Vetusta sin despedirme de mi rincón polaco.

Ahí os dejo pequeños retazos de mi memoria, a riesg
o de que me envidieis por haber vivido en un reino de ensueño.

Disfrutad de las fotos y de la buena música, mis niños perdidos.

Nos volveremos a ver entre libros y vientos, entre caminos, que al fin y al cabo sigo siendo the passenger :D