sábado, 18 de abril de 2009

ULTIMATUM



¿Qué queréis que haga, sino amenazaros?



¿Hay alguien ahí?



¿Alguien lee esto?


....pues para el despitado que haya llegado hasta aquí: o recibo una señal de que existe vida ahí detrás de esta pantalla o yo me despido



(¿alguien duda de las amenazas de una niña peterpanera?:D)

jueves, 2 de abril de 2009

¿Y quién no tiene un día nostálgico? :D

El señor Pérez era tan anodino como reflejaba su propio nombre. Una de esas personas que pasan por la vida sin hacerse notar, casi sin presencia; una de esas personas de gestos escuetos y rasgos comunes, con bigotito al uso.
De acorde a su imagen, el Señor Peréz vestía siempre de gris, traje claro, sombrero de fieltro algo más oscuro, corbata pequeña y alargada, desteñida por los años, camisa blanca, zapatos negros.
Ni siquiera fumaba, algo que daba al caballero cierta distinción en la época.
Cada día, puntual, acudía a su trabajo. Cogía el ascensor, invisible entre sus compañeros, impermeable a los comentarios del último partido de fútbol. Se sentaba tras su escritorio, abarrotado de papeles pero en orden. Y durante las siguientes horas, cumplía con su deber: estampar sellos. Ni siquiera leía los informes, aquello no era parte de sus obligaciones. Hasta su escritorio, un escritorio confundido con las docenas que lo rodeaban, sin fotos familiares, sin plantas, llegaban siempre dos montones de hojas. En el de la derecha, aplicaba el sello rojo. Censurado. En el de la izquierda, el azul. Admitido.
Al terminar su trabajo, volvía a coger el ascensor, volvía a salir a la calle y a recorrer exactamente el mismo itinerario. Saludaba a la mujer de la portería con voz queda, subía los mismos escalones.
Hasta al día siguiente. Hasta otro nuevo día.
Pero el Señor pérez no dejaba por ello de ser humano, y está en nuestra naturaleza cometer errores.
Un día, el Señor Pérez tropezó al llegar a su escritorio. No se cayó, nadie notó su inestabilidad, pero algunas hojas del montón de la derecha se escurrieron, rompiendo con la simetría. El Señor Pérez volvió a colocarlas en su sitio, pero ya no era lo mismo. El Señor Pérez había leído unas cuantas palabras.
Le extrañó reconocer en ellas la fonética casi olvidada de su abuela, y asombrado por su memoria, se sumergió a desentrañar su significado.
Por supuesto, al terminar el día, el Señor Pérez había cumplimentado los dos montones sellados, los había llevado hasta la mesa del fondo, como siempre, y tras recoger su sombrero salió a la calle, camino a casa.
Pero el Señor Pérez estaba sonriendo.

Cuando días más tarde el revuelo le alcanzó en el ascensor, el Señor Pérez hizo caso omiso, como siempre, a los comentarios de sus compañeros. Tampoco se inmutó cuando, por primera vez en 15 años, su jefe, quien tuvo que mirar su nombre en el expediente antes de hacerle pasar a su despacho, le reprendió por lo sucedido. El Señor Pérez se limitó a quedarse de pie, callado, con la mirada en el suelo. Su jefe, que no por serlo dejaba de ser humano, se dió cuenta de que el Señor Pérez, sin ser sospechoso de nada, había cometido un error, el primero en 15 años, y que aquello, aunque serio, tampoco era motivo de despido. Le aconsejó prudencia y concentración en lo venidero.
El Señor Pérez volvió a su escritorio tras asentir, callado, y continuó con su tarea. Al terminar la jornada, salió a la calle, camino a casa. Cruzó las mismas calles, pasó delante de los mismos comercios y bares, con la mente llena de palabras.
De nuevo, el Señor Pérez estaba sonriendo.




A Cata, a mi Budita. Y tantos otros....

miércoles, 1 de abril de 2009

70 AÑOS


Ha pasado tiempo, mucho tiempo.
Hemos cambiado.
Las nuevas generaciones han poblado las calles, han construido nuevas ciudades, han recontruido sobre el pasado.
Formamos parte de Europa, somos una democracia. Poseemos unas libertades, un respaldo estatal, unas responsabilidades.
Las instituciones, a ritmos discutibles y con márgenes para el error, funcionan.
Hay agua en nuestras casas, buenos médicos en los hospitales, maestros en nuestras escuelas, comida en nuestros platos.
Y sí, seguimos con nuestras rencillas políticas, oimos blandir el miedo a la ruptura de la nación como un eco aterrador.
Pero hemos cambiado. Y aquí estamos. Hasta aquí hemos llegado.
Hace 70 años, todo era distinto.
Y si yo hoy estoy aquí, estudiando para ser médico, si yo hoy estoy aquí, disfrutando de la oportunidad de estudiar fuera de mi país, de la libertad de poder moverme por el mundo sin apenas reparar en las fronteras, si estoy aquí, como mujer, como persona, se lo debo a muchos otros, a muchas otras personas.
Gente q luchó porque España entrara en la Democracia (gente como mis padres, bendita generación), gente que supo realizar un cambio sin estridencias pero efectivo. En ese momento no se les podía exigir nada más.
Ahora es nuestro turno. Nosotros, que hemos nacido en democracia.
Nosotros, que gozamos de la libertad de no nacer marcados por el pasado.
A nosotros nos toca levantar la alfombra del olvido y dar salida a la Memoria.
Porque si hoy estamos aquí, también se lo debemos a todos los que se quedaron por el camino.
Sin pre-juicios y sin culpas.
Es nuestro deber recordar qué fue.
Porque hoy, hace 70 años, finalizó una guerra que aún arrastra cicatrices y de la que desconocemos casi todo.
Porque hay que enterrar a los muertos pero nunca acallar sus voces.
No hay justos ni pecadores. Hubo causas (las dos pensaron que tenian la razón, que lo hacían por el bien de todos, aunque se equivocaron) y hubo masacre y hambre y muertes... y hay q aprender de eso. Todo.
Ya revisaremos lo que vino después. El franquismo como régimen es otro capítulo a parte.
Ahora toca levantar las manos, acallar los murmullos políticos, y hacer 2 cosas: darle a las familias la tranquilidad que se han ganado y dejar que identifiquen y entierren a los suyos.
La segunda es escuchar y aprender.
Porque han pasado 70 años y aquellos que vivieron están siendo atrapados por el tiempo.
Escuchémoles antes de que sea demasiado tarde.
Ningún futuro sostenible es posible sin un sólido pasado.
Hemos nacido en una época privilegiada, aprovechémoslo, chicos.
Se lo debemos.
Porque hoy, hace 70 años, no éramos nada. Y la nada es un vacío demasiado grande para volver a caer en él.
Apartemos los ruidos, cerremos los ojos.
En el silencio, arropados por sus quebradizas voces.
Porque esta historia empieza hace 70 años.