martes, 18 de noviembre de 2008

La Vida Amurallada (Berlin II)

Instrucciones: mis capacidades websísticas están por mejorar, así q os ruego clemencia y comprensión. Para que la entrada quede como debe quedar, abrir una nueva ventana con este enlace:

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una vez que le hayáis dado al play... volver aquí, y a leer :p (disculpen las molestias, vida en construcción)


Amanecería en unas pocas horas. La ciudad estaba en calma, con ese silencio milenario que sólo la ausencia de luz puede justificar. La vida parecía a la espera, aguardecida del frío de febrero. El río susurraba a su paso mientras yo me encogía más en mi abrigo gris, también a la espera. Los segundos se iban deshaciendo poco a poco, deshilvanándose mientras el rojo se iba apoderando de la calle, lentamente. A lo lejos distinguía voces, esperando también. La fachada gris del edificio parecía un ejambre de ojos ávidos, oscuros, testigos mudos que me miraban, también ellos esperando algo.
Debería estar en la cama. De un momento a otro sonaría el despertador. Atronaría en mi cuarto vacío. Posiblemente, mi madre entraría enfadada, dispuesta a luchar conmigo para liberarme de las mantas. Pero yo no estaré allí para la batalla. Papá, pendiente del café aguado que nunca llega a escupir del todo la cafetera, oirá su grito desde la cocina. Posiblemente, camino a mi habitación, por el pasillo, alertado también por los ruidos, saldrá el enano, envuelto en su manta de cuadros, frotándose los ojos somnoliento mientras balbucea sus dudas por la agitación mañanera.
Casi los puedo ver, mamá con la carta en la mano, papá con la mirada fija a mi orla. Desde q terminé el instituto tengo la misma idea rondando por la cabeza, la música que me activa cada mañana y que sólo yo, a espaldas del mundo, puedo escuchar en mi mente. Él lo sabe, lo sabía desde hace tiempo, desde q me pilló escondido en la última planta del edificio, fumando un cigarrillo. Me miró, y sin decir nada, puso su mano sobre mi hombro. Simplemente me abrazó. Y luego, en silencio, se giró y desapareció de mi vista, con los ojos hambrientos de calma y el miedo brotando en lágrimas. Se quedará quieto, quizás coja al enano en sus brazos y le murmure algo, mientras sigue mirando mi foto en la pared, esa cara de niño q ya no es la mía. Y posiblemente piense q c
on 19 años hay pocas cosas q la prudencia pueda frenar.
Tengo frío. El abrigo no llega a cubrirme entero. Si sólo pudiera esperar a q salga el sol. Si pudiera girar las agujas del reloj y estar en la cama, acurrucado por
el calor de la seguridad. Si tan sólo tuviera de nuevo la oportunidad de decirles... hay tantas cosas que debería decirles... gracias... os quiero... lo siento...
Oigo voces, delante, detrás de mí, pero no puedo entenderlas. Noto cóm
o el calor va abandonando mi cuerpo mientras la voz de bobby brown llena mi mente. El manto de sangre que cubre el asfalto aleja de mí la melodía.
Tengo frío, mamá. Tengo mucho frío.




Chris Goeffroy, 19 años, Berlín Este. Último intento fallido de cruzar el muro, 7 meses antes de su caída. Recibió un disparo, quedándose entre las dos líneas territoriales, la rusa y la americana. Murió desangrado.




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