El señor Pérez era tan anodino como reflejaba su propio nombre. Una de esas personas que pasan por la vida sin hacerse notar, casi sin presencia; una de esas personas de gestos escuetos y rasgos comunes, con bigotito al uso.
De acorde a su imagen, el Señor Peréz vestía siempre de gris, traje claro, sombrero de fieltro algo más oscuro, corbata pequeña y alargada, desteñida por los años, camisa blanca, zapatos negros.
Ni siquiera fumaba, algo que daba al caballero cierta distinción en la época.
Cada día, puntual, acudía a su trabajo. Cogía el ascensor, invisible entre sus compañeros, impermeable a los comentarios del último partido de fútbol. Se sentaba tras su escritorio, abarrotado de papeles pero en orden. Y durante las siguientes horas, cumplía con su deber: estampar sellos. Ni siquiera leía los informes, aquello no era parte de sus obligaciones. Hasta su escritorio, un escritorio confundido con las docenas que lo rodeaban, sin fotos familiares, sin plantas, llegaban siempre dos montones de hojas. En el de la derecha, aplicaba el sello rojo. Censurado. En el de la izquierda, el azul. Admitido.
Al terminar su trabajo, volvía a coger el ascensor, volvía a salir a la calle y a recorrer exactamente el mismo itinerario. Saludaba a la mujer de la portería con voz queda, subía los mismos escalones.
Hasta al día siguiente. Hasta otro nuevo día.
Pero el Señor pérez no dejaba por ello de ser humano, y está en nuestra naturaleza cometer errores.
Un día, el Señor Pérez tropezó al llegar a su escritorio. No se cayó, nadie notó su inestabilidad, pero algunas hojas del montón de la derecha se escurrieron, rompiendo con la simetría. El Señor Pérez volvió a colocarlas en su sitio, pero ya no era lo mismo. El Señor Pérez había leído unas cuantas palabras.
Le extrañó reconocer en ellas la fonética casi olvidada de su abuela, y asombrado por su memoria, se sumergió a desentrañar su significado.
Por supuesto, al terminar el día, el Señor Pérez había cumplimentado los dos montones sellados, los había llevado hasta la mesa del fondo, como siempre, y tras recoger su sombrero salió a la calle, camino a casa.
Pero el Señor Pérez estaba sonriendo.
Cuando días más tarde el revuelo le alcanzó en el ascensor, el Señor Pérez hizo caso omiso, como siempre, a los comentarios de sus compañeros. Tampoco se inmutó cuando, por primera vez en 15 años, su jefe, quien tuvo que mirar su nombre en el expediente antes de hacerle pasar a su despacho, le reprendió por lo sucedido. El Señor Pérez se limitó a quedarse de pie, callado, con la mirada en el suelo. Su jefe, que no por serlo dejaba de ser humano, se dió cuenta de que el Señor Pérez, sin ser sospechoso de nada, había cometido un error, el primero en 15 años, y que aquello, aunque serio, tampoco era motivo de despido. Le aconsejó prudencia y concentración en lo venidero.
El Señor Pérez volvió a su escritorio tras asentir, callado, y continuó con su tarea. Al terminar la jornada, salió a la calle, camino a casa. Cruzó las mismas calles, pasó delante de los mismos comercios y bares, con la mente llena de palabras.
De nuevo, el Señor Pérez estaba sonriendo.
A Cata, a mi Budita. Y tantos otros....
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

2 comentarios:
no sé que te puedo transmitir después de tu pequeño ensayo y de tu graciosa historia salvo que cada vez escribes mejor y con un estilo mas depurado, me gusta.....los relatos cortos cada vez me parecen un reto mayor.......te echo de menos, a veces me quedo pensando que me han querido decir con los cortos mensajes publicitarios, bueno no te añoro solo por eso ...pero si , si te echo mucho de menos
Hola princesa.. es gratificante leer tus mensajes.. creo que todos somos, en alguna medida, como el Sr. Perez lo verdaderamente bueno sería alcanzar esa sonrisa que se dibuja en los labios y las razones que han provocado esta sonrisa... Escribes cada vez mejor, es un autentico places poder leerte.
Un beso con aplastadillo. Espero poder enviarte este mensaje es la ... no se cuantas veces lo he intentado
Publicar un comentario